sábado, julio 30, 2005

La aventura del fin del mundo II

En la mañana nevaron cenizas. Irinalas miró caer desde el auto plateado de su mamá mientras esperaba que saliera de hacer el mandado. Su familia no la había acompañado en el hospital; el mensaje del correo de voz en el celular de su mamá había aparecido esa mañana con fecha del día anterior. Los meteorologos pasarían toda la tarde intentando explicar como en una zona no volcánica habían nevado cenizas, y los noticieron no dejaron de pasar las noticias de los nuevos psicópatas arranca matrices.

La mamá de Irina lloró la incapacidad para procrear de su hija, aún mas que ella misma. Su padre, siempre tan estoico evitó mirarla, con los nudillos poniéndosele blancos de apretar los puños. La habían ido a buscar por la mañana cuando les llegó el mensaje, y la encontraron en un estado lastimero tras el sofá del departamentito donde ella había empezado a vivir sola meses atrás. No parecía que faltara nada ahí, solo estaba muy revuelta. Irina se levantó con tres catatonias encima y dejó que su madre la bañara y vistiera.

Unas cuantas semanas después la caída de las cenizas y los psicópatas arranca matrices estaban olvidados. Las palabras de Irina eran pobres por esos días, las cosas que había que decir eran menos cada vez, y ella se economizaba lo mas que podía, igual que los momentos para comer, ella mejor descomía, es decir, vomitaba con el olor de la comida. Al rato comenzó a trabajar de nuevo, pero la perspectiva de salir otra vez le causa vértigo.

De pronto, después de haber bajado peligrosamente de peso: Irina empezó a engordar.

Irina mira intranquila los aparatos del médico, una enfermera prepara el ultrasonido, tiene el ceño y el labio superior fruncidos, como si se aguantara el asco de cambiar el pañal de un viejito. El médico entra con gesto de realeza, Irina podría jurar que en la escuela de medicina les dan una clase solo para lograr esa actitud de "yo-lo-se-todo".

- Mamá, yo sé lo que tengo: estoy embarazada... - le insistió Irina el día anterior, en la primera cita con el médico general.
- Pero que pendejadas dices mija. - Había contestado la señora con las lagrimas atoradas en los ojos. - Sé que todo esto es muy difícil, pero TU no puedes embarazarte.

Al final había consentido ir al médico para parar la larga letanía de enfermedades y complicaciones que su mamá decía que era posible que tuviera. El médico la había revisado con un poco de preocupación, pues había algo en su vientre. No un bebé, imposible. Pero había que hacer mas estudios.
El médico de hoy, la recuesta en la camilla, ella se pierde en el techo demasiado descuidado para pertenecer a un hospital mientras él le habla. Luego silencio. El frío del aparato otra vez, por todos lados, su mamá con la boca abierta, sin disimular su estupor.
El doctor le limpia el vientre y repite la prueba dos veces mas.... Irina no quiere mirar el monitor, tiene miedo y la noche que habían removido la matriz le hace eco desde algún lugar cerca de sus orejas.
Al final la citan al día siguiente, para probar con un examen de sangre. El médico se mira consternado, su actitud "yo-lo-se-todo" se ha desvanecido.
Y así, como cuando las nubes se apartan y dejan pasar el sol, la pesadez, la tristeza y todo se apartan y hacen llegar a Irina, una alegría sincera y simple como el viento de febrero.

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