La hermana Ana había sido una joven bella. De concisos ojos azules, labios rosados que rezaban constantemente. A ella se le había asignado la tarea de asistir al actual Papa. Aún a sus 53 años se cuestionaba la repercusión de sus actos y si en realidad podría hacer la diferencia.
Miró por la ventana del Hotel hacia la calle del país desconocido. Era la primera vez que visitaba ese país perdido en el mapa.
Estaba acompañando al Papa, en esta gira de emergencia para calmar los ánimos, ya que la reciente lluvia de cenizas en la frontera, y ciertos asesinatos y operaciones quirúrgicas ilegales estaban exaltando los ánimos. Se rumoraban cosas por entre algunos circulos de la iglesia, pero eso que se decía, a ella ya le parecía demasiado.
Tocan la puerta y se apresura a abrir pues esperaba que fueran por ella para asistir al Papa con una presentación que haría a las 16:00. Pero solo era la mucama que le cambiaría las toallas y sabanas por limpias.
Ana se devuelve sobre sus pasos a mirar la calle, donde una congregación de fieles corea al Papa con cariño.
- Hermana Ana, lo que no le preocupa puede que sea cierto. - Oye una voz pastosa detrás de ella, le hablaba pausada y en un italiano impecable. La Hermana miró sobre su hombro para ver quien le hablaba. La mujer había dejado de tender la cama y la miraba con las sábanas en la mano.
- ¿Perdone? - Le responde también en italiano.
- Tengo la tarea de hablar con usted. - Continúa la mujer reanundando su labor, no debería tener muchos mas años que la misma Ana, pero probablemente mas acabada por el arduo trabajo de una vida entera. - No soy mas que el mensajero mas humilde del creador. - El corazon de la monja comenzó a latir peligrosamente rápido contra su pecho. Y la mujer continúa con su labor.- Tranquila. Solo quiero decirte que el apocalypsis se ha puesto a andar.
- ¿No ha estado andando desde el principio? - Ana se vuelve a mirar a la mujer como termina de acomodar las almohadas en la cama.
- Habla sabiamente Hermana Ana. - Contesta la mujer lentamente mientras recolecta las sabanas sucias del suelo. - Es razonable su desconfianza, no hubiera esperado menos. El hijo de Lucibell mora en una casa sin paredes. Perdido en un valle de desesperanza. Si quieres ayudar al señor deberás ignorar ésto... Lo verás con tus ojos. Lo reconoceras por sus ojos. Pero ayudarás a que el vaticano lo ignore.
- ¿Eso es lo que El Señor quiere?
- Si.
- ¿Y yo estaría ayudandolo?
- Si.
- ¿Cree usted que lo haré bien?
- Si...- La mujer termina de cambiar las toallas. - Por cierto, feliz dia de su santo.
Sale del cuarto dejando a la Hermana perpleja y mas preocupada.
De pronto el terrible sol que le había quemado la piel desde que había llegado a esa infernal ciudad se apagó. La gente que estaba haciendo valla frente al hotel comenzó a exclamar apuntando al cielo. La hermana miró lo que apuntaban: una lluvia de estrellas se desplegó ante sus ojos, hermosa y efímera.
Ana cayó en sus rodillas llorando y rezando su escepticismo.
1 comentario:
Me gusta MUCHO!!!!
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